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LA MUERTE Y LA DONCELLA (1994)

LA MUERTE Y LA DONCELLA (1994, Death and the Maiden). Dtor.: Roman Polanski.

SINOPSIS: El doctor Roberto Medina lleva en coche a Gerardo Escobar, que ha pinchado una de las ruedas en plena tormenta, hacia su casa, situada al borde de un acantilado. Escobar acaba de ser nombrado Presidente de la Comisión que investigará los abusos de los derechos humanos en un país indeterminado de Sudamérica, que en la actualidad vive su particular tránsito hacia la democracia. Paulina Lorca, su esposa, le espera preocupada por el retraso mientras escucha con disgusto la noticia del nombramiento por la radio; sabe que es un trámite que apenas cambiará las cosas. Quince años antes, ella misma padeció en su propia carne torturas síquicas y vejaciones de todo tipo al negarse a delatar a Gerardo como director de un diario clandestino. La herida se vuelve a reabrir cuando, al llegar su marido, cree reconocer en la voz de Medina el verdugo que la martirizó pero que nunca pudo verle su rostro.
COMENTARIO: Sería muy complicado tratar de comprender el cine de Roman Polanski si no nos situáramos dentro de uno de sus habituales espacios cerrados de atmósferas asfixiantes. Sus películas, por lo menos las mejores, o al menos las más íntimamente ligadas al mundo de Roman Polanksi, suelen ser largometrajes opresivos, encerrados en la laberíntica psicología de sus personajes, una psicología que suele encontrar su traslación a la realidad en los decorados que los envuelve, escurridizos, ambivalentes, esquivos y extraños. Y todo esto está en La muerte y la doncella, una de esas historias tan del gusto del director deEl cuchillo en el agua en las que pocos personajes y un decorado que parece plegarse sobre ellos, nos conduce a lo mas hondo del alma humana para remover el avispero que generalmente supone la mente del hombre.
La muerte y la doncella está basada en una obra teatral del chileno Ariel Dorfman en la que, en un país de Sudamérica indeterminado, tras una etapa de brutalrepresión política, una frágil democracia comienza a andar. Una intempestiva noche de rayos y truenos, el matrimonio formado por Gerardo Escibar (Stuart Wilson), un abogado íntimamente relacionado con el reciente proceso de democratización, y su mujer, Paulina Lorca (Sigourney Weaver), acogen a Roberto Miranda (Ben Kingsley), un médico cuyo coche le ha dejado tirado en la cuneta en la noche menos adecuada. El asunto se tornará pesadilla cuando Paulina crea reconocer en el médico que han acogido a uno de los torturadores que a punto estuvieron de acabar con su vida en plena dictadura.
   Como siempre en el cine de Roman Polanski, las cosas no son ni blancas ni negras. La muerte y la doncella juega a provocar una situación incómoda en el espectador que se debate entre el legítimo sentimiento de venganza de Paulina y la inocencia que Roberto Miranda defiende a lo largo de casi todo el metraje. El film no aboga por que cada uno se tome la justicia por su mano, aunque la cámara de Polanski entienda las razones que llevan a Paulina a actuar como lo hace y sobre todo, a dudar de las palabras de Miranda que asegura, no tiene nada que ver con los casos de tortura de la dictadura. De este modo, La muerte y la doncellaarrastra al público por un asfixiante laberinto de incertidumbre y de violencia, fría y premeditada, que coloca al espectador en una singular situación ante los personajes, entre lo que dicen qué son, lo que aseguran que fueron y lo que finalmente serán.
   Tal como sucedía en películas como Repulsión (1965), La semilla del diablo(1968) o El quimérico inquilino (1976), la ambigüedad en La muerte y la doncellaserá el leit motiv que invada todo el metraje y que sumerja al público en su particular odisea de identificar quien es inocente y quien es culpable, o por lo menos, quien tiene razón y quien está actuando de forma correcta. La película se sostiene con un pulso envidiable y su único decorado no es en absoluto, obstáculo para que Polanski construya un film compacto como pocos. Su dominio del especio fílmico favorece la creación de esa atmósfera que hemos mencionado al principio y además, contribuye a la propagación de una sensación de opresión emocional que poco a poco se irá apoderando de toda la película.
   Hay quien ha dicho que La muerte y la doncella es la última película verdaderamente polanskiana, el último largometraje, hasta la fecha, que más y mejor condensa el universo de un director ya adulto y consagrado. La seguridad y la firmeza de un único espacio y tres personajes que conecta directamente con su ópera prima, El cuchillo en el agua pone en evidencia al menos, una par de cuestiones interesantes. Una de ellas, que quizá con insuflas menos vanguardistas y con la vista puesta más en la creación consciente y personal de un drama de suspense, La muerte y al doncella sirve para demostrar la espectacular evolución de un director que brotó como una consecuencia cultural de las nuevas olas de la vieja Europa y que con el paso de los años se ha ido convirtiendo en un viejo maestro de la narrativa, ya sin banderas o manifiestos, que traten de encuadrar su cine, sino dentro de su propio universo, de su propio espacio y de su propia lógica cinematográfica.
   A La muerte y la doncella la ha tratado muy bien el tiempo, y parece lógico pensar que vaya a seguir así. La película es un largometraje redondo que no pierde de vista su naturaleza y su propia razón de ser. Polanski hace un ejercicio de dirección de actores verdaderamente sublime y demuestra cómo sacar lo mejor de dos intérpretes, por otro lado de notable altura, como Waever y Kinsgley. El interés no decae a lo largo de todo el metraje ni un minuto y al contrario, éste va creciendo y haciéndose cada vez más irrespirable y más denso. Habrá que ver que dice el tiempo de películas comoLunas de hiel o más recientemente, de El escritor (2010), pero de La muerte y la doncella alguien debería ir admitiendo que es una obra maestra.•
 

Ramón Monedero

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