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VÍCTIMA (VICTIM, 1961)


VICTIMA (1961). Dtor.: Basil Dearden
SINOPSIS: A finales de los años cincuenta en Londres la condición de homosexual está perseguida y penada para salvaguardar la “moralidad” de la sociedad británica. No obstante, Melville Farr, abogado de profesión de mediana edad, pretende compaginar su vida de casado con la inocente Laura y, al mismo tiempo, vivir su homosexualidad frecuentando determinadas compañías masculinas. Al cabo, la ciudad registra el suicidio de un gay apodado Boy Barrett que trabaja en la construcción y, a partir de entonces, Melville inicia una investigación para determinar lo que ha ocurrido. La información que va recabando Melville Farr entra en conflicto con las pesquisas policiales. En realidad, el joven obrero fallecido fue víctima de un chantaje por parte de una organización que se aprovechas de las “debilidades” del Sistema para actuar.  
COMENTARIO: A lo largo de más de treinta años de actividad profesional conjunta, la dupla Michael Relph-Basil Dearden tuvo a gala contar con algunos de los más prestigiosos guionistas que operaron en el cine británico en aquel periodo de tiempo. Especialmente relevante sería la contribución de T. E. B. Clarke y Jack Whittingham durante la etapa de estancia de Relph y Dearden en la Ealing Studios, pero una vez “emancipados” de la emblemática compañía que toma el nombre de un barrio londinense el indisociable tándem encontraría en Janet Green (1908-1993) un idóneo complemento a la hora de “camuflar” sus inquietudes temáticas en el marco de propuestas conducidas dentro del género del thriller. Propuestas, por tanto, más fáciles de digerir para un público mayoritario, caso de Crimen al atardecer (1959) y Víctima(1961), este último con un guión de Green apuntalado por el dramaturgo y, a la sazón, de su esposo John McCormick. Indiscutiblemente, por aquel entonces Janet Green dominaba con amplitud los resortes del thriller a través de su participación en títulos que la vinculaban en este campo —Trágica obsesión (1950), La silla vacía (1955), Lost (1956) y Testigo en peligro (1956)—, pero la “revelación” que contenía el libreto de Victim atendía a la novedad de abordar el tema de la homosexualidad. Mas, el cine británico ya había manejado tramas en las que subyace la homosexualidad, aunque de una manera velada, a diferencia de Víctima, toda una apuesta de riesgo para su época a la que Dearden y Relph dieron viabilidad a través de su compañía productora —Allied Film Makers— merced al acuerdo suscrito con la Rank Organization, dispuesta a ceder a una de sus actores-estrella, Dirk Bogarde. Tras diversas tentativas frustradas —James Mason y Jack Hawkins estuvieron en la terna para encarnar al abogado queerMelville Farr—, el protagonismo de Víctima recaería en Dirk Bogarde y, por consiguiente, dando vía libre a un proyecto que había encallado frente a los organismos censores verbigracia de un lenguaje que éstos consideraban ofensivo y nada edificante. Jerga del mundogay que se cuela en el sustrato narrativo de una función cinematográfica con una duración —noventa, noventa y cinco o cien minutos— fluctuante según las restricciones impuestas o no en la mesa de montaje. Para su tardío estreno en el estado español —a las puertas de instaurarse la Transición democrática— se optó por el metraje de hora y media, sustancialmente inferior al que redundaría su edición en formato digital cuando Víctima ya ocupaba un meritorio puesto entre los films británicos de los sesenta objeto de reivindicación, rocoso en su fondo temático y estilizado en sus formas, al compás de un diseño de producción y un trabajo de cámara —cortesía de Otto Heller (El quinteto de la muerte), operador de origen checo— cuyo uso del blanco y negro refuerza el sentido dramático de una propuesta a caballo entre el thriller y la denuncia social.
    «Una ley que envía a los homosexuales a la cárcel ofrece muchas oportunidades para el chantaje». Bajo esta premisa que podemos escuchar en la voz del inspector Harris (John Barrie) se articula el discurso narrativo de Víctima, que alcanza en su entramado a la Corona británica cuando Melville Farr es propuesto para trabajar a las órdenes de la misma, previa valoración por la Cámara de los Comunes. La investigación policial, empero, va tendiendo sombras de sospecha sobre la persona de Meville, derivada de su relación con el con joven suicidado, Boy Barrett. Dearden y Relph nunca se apartan de ese efecto de una atmosfera envolvente, un punto enfermiza que ofrece empaque a un relato donde las fronteras de la moralidad continuamente se ponen en tela de juicio a través de un encadenado de chantajes que acaban convirtiéndose en el modus operandi de ciertos círculos de delincuentes y maleantes con domicilio fiscal en la capital inglesa. Éstos se valen de actuar con una notable impunidad siempre y cuando la víctima no colabore. Para ello, la eliminación de la víctima por distintos conductos favorece allanar el camino, evitando consecuencias penales. Toda la herencia recibida por Dearden y Relph en sus diversas aproximaciones al cine negro en los años cuarenta y cincuenta jugarían a favor de obra para la construcción de un relato fílmico extraordinariamente solvente y calculado, en que cada plano tiene su justificación y la trama gira de manera circular en la idea de atrapar al espectador en un relato que aborda el tema de la identidad sexual en un marco de restricción y de culpabilidad, de hipocresía y de represión.•
Christian Aguilera

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