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DISTRITO 34: CORRUPCIÓN TOTAL (1990). DTOR.: Sidney Lumet.

DISTRITO 34: CORRUPCIÓN TOTAL (1990, Q & A). Dtor.:
Sidney Lumet                                                   
Características en DVD: Contenidos: Menús interactivos / Acceso directo a escenas.   Formato: 16:9.  Idiomas:  Inglés. Subtítulo: Castellano. Duración: 109 mn. Distribuidora: Resen. Fecha de lanzamiento: 12 de enero de 2018.

SINOPSIS: Al Reily estrena su cargo de ayudante del fiscal del distrito con un caso que implica a Mike Brennan, un veterano policía de origen irlandés que había sido compañero de su padre. A Brennan se le abren diligencias por su presunta autoría del homicidio de un puertorriqueño a la salida de un local nocturno. A su favor, Brennan alega que actuó en defensa propia, pero la investigación emprendida por Al Reily dictamina que el fallecido no llevaba ningún tipo de arma en la noche de los autos. Acuciado por las pruebas incriminatorias que está recabando Reily, Brennan se vale de sus contactos a nivel policial y jurídico para poder comprar su inocencia. El expeditivo policía pone sobreaviso a sus confidentes que frecuentan ambientes marginales de la ciudad de Nueva York, para tratar de neutralizar la actuaciones de Reily en su contra. La necesidad por esclarecer la verdad llevan a Reily incluso a contactar con un clan de mafiosos de acento hispano liderados por Bobby Texador, cuya esposa Nancy, había sido una antigua novia del ayudante del fiscal del distrito de nuevo cuño.

COMENTARIO: Mike Brennan (Nick Nolte), policía de la ciudad de Nueva York, deviene el agente más admirado entre sus compañeros. Es un fiel cumplidor de su deber y un policía implacable. En definitiva, una auténtica «leyenda del cuerpo». En los primeros compases del film, Sidney Lumet, director del film que lleva como título Distrito 34: Corrupción total  —la nefasta coletilla pudo actuar en un sentido contraproducente para quien quisiera acercarse al film en el momento de su estreno—  coloca a su actor en medio de toda una serie de compañeros de diferentes edades y razas —matizando los grupos— y le hace explicarles sus hazañas. Su voz, sus expresiones, sus ademanes y sus sarcasmos hacen aflorar su carácter de policía irlandés. Brennan está actuando para su entregado «público». Todos se encuentran fascinados por las historias que explica. Sus acciones para hacer cumplir la ley demuestran que no hay outlaw que se le resista. Al fondo del encuadre, tras Brennan, se sitúa el adjunto del fiscal del distrito Al Reilly (Timothy Hutton), asimismo de origen irlandés. El abogado es un bisoño, honesto e idealista, hijo de un antiguo compañero de Brennan y una persona fácilmente impresionable (en un inicio) por la figura de «la leyenda». Reilly actúa ante las brabuconadas de Brennan como un trasunto del espectador. Es más, para Lumet, sus intenciones y afinidades (inquietudes artísticas) se localizan al lado de Reilly.

Si bien el espectador también se pueda sentir, en parte, fascinado por el policía, sabe, ya que el inicio del film se lo han mostrado, que ha matado a un hombre a sangre fría y se ha limitado a montar la escena —ante los posibles testigos— para que parezca que lo ha hecho en defensa propia. Veremos que sus métodos son burdos. Está convencido de que nadie va a desmentir sus pruebas. Su «leyenda», también presente en la calle, hace palidecer a las personas que salen del local tras los disparos. Saben que o acatan o se las tendrán que ver con una especie de monstruo electrizante, respaldado por el sistema. Con objeto de ese incidente, se organizan los mecanismos legales  necesarios —puro artificio— para llevar a cabo una investigación. Como también, cinematográficamente hablando, se dan las premisas argumentales necesarias para que Lumet, adaptando la obra del juez hispano Edwin Torres —autor asimismo de la novela que diera origen a Atrapado por su pasado (1993)—  ofrezca una nueva vuelta de tuerca sobre una de sus temáticas habituales: el análisis del sistema establecido en las fuerzas de la ley y orden y el comportamiento de las personas que lo mueven.
   En la anterior El príncipe de la ciudad (1981), la acertada y equilibrada intensidad con que el director abordó en el film la temática de la corrupción policial sirven para colocar a ese film como uno de los puntales de su cinematografía. La película, seca y realista, como es habitual en Lumet, que además también la dota de un cierto sentido fatalista —debido posiblemente a la idiosincrasia de la historia, en que es imposible para el protagonista controlar la situación que está viviendo, por encontrarse absorbido en el interior de una tela de araña, en la que es sumamente complicado discernir quién es amigo o enemigo—, sirven ahora para retomar de nuevo este tipo de relato y asentar las directrices a desarrollar en  Distrito 34.Desgraciadamente el enfrentamiento de Brennan y Reilly —que deben representar las dos caras incompatibles de un Sistema— no alcanza la sensación de crispamiento generalizado necesario del que hace gala el anterior film y se quedaen algún momento (un par) en tierra de nadie. No obstante, eso no significa en absoluto encontrarnos ante un film menor. Todo lo contrario.Distrito 34 resulta incluside más vigoroso que su predecesor en algunos aspectos. El docudrama que era El príncipe de la ciudad deja paso a un film mucho más emocionante. Las razones de que, a lo mejor, no siempre acabe de funcionar, podrían deberse a que tanto los personajes de El príncipe de la ciudad como los de Sérpico (1974), otro film de Lumet en el que su protagonista, el policía que encarna Al Pacino intenta cambiar las cosas en un ambiente corrupto, están basados en hechos y en personajes reales. Por el contrario, los de Distrito 34forman parte de la imaginación de Torres y, por ende, de Lumet (que aquí oficia de guionista en solitario) y eso le obliga a algunos instantes en que la dramaturgia debe abastecerse de ciertos matices melodramáticos, sumamente emotivos, para acabar de configurar su personalidad argumental.  El problema, por tanto, puede radicar que en algún pasaje y  debido a la acumulación de tramas paralelas sobre la principal, algunos personajes puedan convertirse en caricaturas dispuestas a integrarse en ciertos modelos arquetípicos. Éstos deben moverse ante la cámara para reflejar una realidad que les ha tocado vivir. Una realidad que no les gusta y que les oprime. Una realidad que intentan cambiar y no lo consiguen ya que no hallan ni las respuestas ni el entorno propicio para hacerlo. En el momento en que Reilly entra en el despacho de Kevin Quinn (Patrick O’Neal), el pasillo por el que ha pasado se encuentra oscuro. No importa que sea una hora intempestiva. Igual de determinante es el momento en el que va a entrar. Tiene necesidad de mirarse en un espejo. Debe impresionar a su futuro superior. La tibieza que Hutton imprime a su papel nos hace ver en sus ojos azules de irlandés que está lleno de ideales. Pero al entrar, él resulta el impresionado. El despacho está a media luz. Las verdades están escondidas en algún lugar. Algún lugar que no es ese despacho. Pero él no lo sabe aún. Se coloca en el otro extremo de la mesa de Quinn. A pesar de mirarle de frente, se encuentra abrumado. El lugar puede con él. El pasillo por el que ha pasado lo ha metido en la boca del lobo. Después en otra secuencia en la que el pasillo goza de luz diurna (durante su paseo con el detective Valentín) certificaremos que sus paredes están llenas de cajas. Reilly se encuentra agobiado y el decorado lo demuestra utilizando una metáfora que nos refleja un sistema desorganizado. En obras o en construcción. Como las paredes del palacio de Justicia de Manhattan. Los andamios inundan sus paredes y los ruidos ensordecen a los abogados que pasean entre ellos. Y el film transcurre con esa tesitura. Las fachadas van cayendo y se van destapando las entrañas. Hasta producirse el momento en que esa inercia acomodaticia que tiene el personaje de Reilly dentro del sistema, se rompe. Ya no ha lugar para sonrisas y asentimientos en su rostro. Los golpecitos cómplices en la espalda han desaparecido. No puede formar parte de futuras alianzas políticas. Con su investigación ha levantado la tapa de los truenos. Sabe que está en el otro extremo de la mesa. Solo y por voluntad propia. Descubre que Quinn es el «diablo» y Brennan su «cancerbero». Ha pasado de nuevo por el pasillo a oscuras. La cámara lo muestra de lejos, del mismo modo. Parece como si Lumet abandonará a su héroe en una cruzada sin esperanza. Entra de nuevo en el despacho de Quinn y la cámara los muestra desde arriba. Igual que al inicio. Pero ahora no hay movimiento ante el espejo. Nada importa. Además Reilly tiene en su cuerpo las marcas de la paliza de Brennan. A pesar de sus esfuerzos para encontrar un equilibrio dentro de la balanza de la justicia comprobará que las cosas continuarán igual. «Que será, será» le canta Quinn como perfecta afrenta final ante el enfrentamiento establecido por la necesidad de cambiar las leyes. Y es que Lumet, aunque esté decepcionado, es perfectamente consciente que, a pesar de todo, las cosas deben cambiarse a través de la intervención del individuo. A pesar de los inconvenientes. Reilly debe luchar contra el sistema y mostrarse tenaz. A pesar de que su amigo, valedor y líder moral Leo Bloomenfeld (Lee Richardson), el resultado final de un viejo y decrépito Reilly desengañado, intente disuadirle de tirar adelante sus acusaciones. La escena que se establece entre los dos hacia el final, se me antoja demoledora. La cámara ensalza y aúpa a Bloomenfeld y hunde a Reilly. El joven abogado va enumerando todas y cada una de las víctimas y los daños colaterales que ha producido el caso. El otro, por el contrario, los va obviando todo. Y al final cuando pregunta por él mismo, por Reilly, la respuesta propicia que el desencanto sea todavía mayor. Sin embargo, Reilly comprende que no quiere convertirse en un Bloomenfeld en el futuro. Que lo tirará todo adelante. Lo denunciará. Aunque su madre se quede sin pensión, ya que parece ser, hasta su padre, figura que le restriegan en los morros a la primera oportunidad y en todo momento, también era corrupto. Pero para ello, primero debe empezar por él mismo. Borrar en el corazón de la chica que ama, Nancy Bosch (Jenny Lumet, hija del director) la sensación que le dejó cuando ella, le presentó a su padre, que era negro. Ese hecho se convierte en el corazón roto del film. En la espoleta que active la esperanza. El germen de cambio dentro de un mundo definido como un cosmos tribal. Lleno de razas. De epítetos racistas que se dicen en broma, pero se sienten de veras. De odio cultural. Del desprecio que sienten los unos sobre las otros. Y de las falsas lealtades —por intereses en conflicto— que deben establecerse para subsistir en una ciudad sucia, brutal y en constante guerra consigo misma.
   Sin embargo, aún hay esperanza para el romanticismo. Existe la decisión de Bobby Texador (Armand Assante) que por amor decide salir también de ese mundo que él ha contribuido a ensuciar con su droga. Es un traficante. Pero su necesidad por alejarse definitivamente y rehacer su vida con Nancy, le convierte en un depredador ambiguo, a la par elegante y letal. Bobby hará cualquier cosa para conseguir su objetivo al precio que sea, sin escrúpulos de ningún tipo y mostrándose, a menudo, imprevisible. Por ejemplo, en la escena del interrogatorio se enfrenta con Valentín y acto seguido los dos se funden en un abrazo. La gran interpretación de este actor totalmente desaprovechado que es Assante, junto con la de Nick Nolte, se convierten en los pilares de un film arisco y que golpe de manera directa en la conciencia de la sociedad. Una vez más, Lumet brinda un film soberbio e intenso  con el propósito de aferrarse tenazmente a sus valores.•
 
Lluís NASARRÉ    

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