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AL FINAL DE LA ESCALERA (THE CHANGELING, 1979)

AL FINAL DE LA ESCALERA (THE CHANGELING, 1979) COMENTARIO: Caso insólito el de un director como Peter Medak, quien en su larga trayectoria en el mundo del cine y la televisión, tan solo ha sido reconocido de forma casi unánime por la crítica especializada como el artífice de un único título interesante en su dilatada carrera, este es, Al final de la escalera.Resultat d'imatges de The Changeling (1979)Adscrito al subgénero de Las casas encantadas, dentro del terror sobrenatural tan cercano a la década de los setenta, Medak firmó con esmero y con todo lujo de detalles la incursión de un profesor universitario de música (George C. Scott, en un papel que le favorecía especialmente) en una mansión donde planean fundadas sospechas de una posesión demoníaca. Tema muy caro en la segunda mitad de los años setenta, sobremanera en los USA –aunque esta fuera rodada y producida en Canadá-, con notables cintas como La centinela (1977) o Terror en Amityville (1978), The Changeling ha sobrevivido a sus inusitadas posibilidades de guion incluso a generaciones venideras. El aval de cineastas como J.A. Bayona o Alejandro Amenábar, firme defensor del filme, han certificado la categoría de culto de esta visión un tanto retrograda pero incisiva sobre el terreno de las maldiciones generacionales. En este punto, atribuir al firmante de la función, Medak, y sus colaboradores en labores argumentales, William Gray y Diana Maddox, su capacidad de sugestión a la hora de narrar unos hechos que parecen extraídos de una novela de éxito o Best-seller, sin más.Resultat d'imatges de The Changeling (1979)De crucial cabe atribuirse al director de fotografía, el británico John Coquillon, el enfoque sobre los personajes y el halo que los protege. Vestigio de una sociedad poco dada al altruismo –el personaje multimillonario interpretado por Melvyn Douglas así lo constata-, la casa que alberga al nuevo inquilino (el profesor John) esconde secretos intangibles, salvo para su huésped de nuevo cuño.En este recorrido introspectivo de la casa ‘poseída’ la cámara apunta hacia la parte más elevada de la mansión, jugando con numerosos contrapicados que elevan al protagonista a la categoría de salvador. Inquietante resulta de la misma manera la legión de bienaventuradas figuras que secundan las acciones del desesperado ‘morador’. Estas confieren al relato una incertidumbre que se resuelve en vías de contentar al espectador con una explicación racional. Un motivo familiar que ya aparecía en la no menos interesante La furia, según la historia de John Farris.Sin embargo, la leyenda que envuelve a The Changeling es su propia singularidad, siendo un film ‘isla’ que entronca a la perfección con los mencionados títulos y con una manera de asentar el cine de terror con más inteligencia que músculo, con más intuir que mostrar, con más psicología que tremendismo.Resultat d'imatges de The Changeling (1979)Los hechos allí narrados corresponden a un entorno delimitado, pero que van más allá de una simple caricatura del hombre atrapado por un pasado desconocido sino que se sumerge en un mundo al que pide ayuda, la parapsicología y los médiums en este caso. Un recurso no por fácil menos productivo –recordemos el maravilloso arranque de El pozo del infierno- que cataliza al marido viudo –otro magnífico prólogo en el que hija y esposa perecen en un fatal accidente en la nieve- en la catarsis que supone la conexión entre el mundo telúrico y el real.Al final de la escalera más se asemeja a una introspección en el mundo de la ciencia y el periodismo que al de un filme de terror al uso. Eso sí, ambos se dan la mano, de manera gráfica,  en una descomunal escena cenital, donde John accede al pozo debajo de la cocina de la casa donde habita por vez primera, con el fin de encontrar un medallón que lo conduzca hasta su desaparecido dueño. Un repetido y analizado flash-back lo vincula a un terrible asesinato cometido casi un siglo antes. Desde ese momento se desencadena la búsqueda del culpable real de tal fechoría.Magistralmente realizada con un talento que nunca más volvió a florecer en las manos de un Peter Medak especialmente en estado de gracia. Àlex Aguilera

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