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VINIERON DE DENTRO DE ... (1975, SHIVERS). DTOR.: DAVID CRONENBERG

Ganadora en 1975 del Premio al Mejor Director en el Festival de Sitges, Vinieron de dentro de… supuso la primera obra de David Cronenberg que aterrizó en España, aunque no es, como algunas veces se cita, su opera prima. Otras dos películas, Stereo (1969) y Crimes of the Future (1971), la precedieron, filmes de vocación vanguardista y de las que el propio Cronenberg reniega un tanto cada vez que tiene ocasión, por considerarlas pretenciosas, pero en las que debe decirse que ya se hallaba la simiente de los temas, quizá obsesiones, que terminarían atravesando el singular e iconoclasta imaginario del realizador deVideodrome (1983). Aquellas dos películas, aún inéditas en nuestro país (y de las que sólo puedo hablar por referencias, remitiéndome al respecto a dos interesantes artículos rubricados por Juan Luís Caviario dentro de un “Especial” dedicado a Cronenberg y que puede consultarse en el portal Blog de Cine, en este enlace http://www.blogdecine.com/tag/especial-david-cronenberg, así como al monográfico dedicado a David Cronenberg que, coordinado por Quim Casas, se publicó en el marco de la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián de 2006, David Cronenberg: Los misterios del organismo), enhebraban abruptas disquisiciones sobre lo psicopatológico (Stereo) o planteaban parábolas distópicas marcadas por una anomalía en el orden social derivada de una cuestión sexual (Crimes of the Future). Tras aquellas experiencias, y al tiempo que trabajaba en el medio catódico, Cronenberg inició un nuevo proyecto, cuyo exacerbado título de work in progress era Orgy of the Blood Parasites (La orgía de los parásitos de la sangre¡¡!!) y que terminaría convirtiéndose en esta Shrivers(“escalofríos”, en su traducción literal), primer largometraje con un patrón narrativo convencional, y que, por propia deriva de esas sus inquietudes temáticas o artísticas, hallaron su cauce idóneo en el género del terror y específicamente en la plantilla de los relatos sobre apocalipsis zombies herederos del primer George A. Romero.
 Viendo hoy Vinieron de dentro de… resulta muy fácil ubicar el argumento de la película en el paisaje temático del realizador canadiense; pero incluso en el momento de su estreno, es decir sin la perspectiva filmográfica ulterior, la película invitaba a rastrear, por encima de los tropos y filias terroríficos, esos fuertes rasgos diferenciales en lo alegórico: Shrivers se sirve del trenzado argumental de un relato-tipo sobre el desarrollo de una epidemia (delimitada en lo textual y narrativo por su concreción en un microcosmos cerrado, las Torres Starline, el edificio en el que discurre el relato casi íntegramente) para postular, de un modo aguerrido y carente de todo complejo, la posibilidad de una catarsis de los instintos más primarios, por mor de la cual el individuo abandona toda motivación racional para librarse, sin coartadas ni limitaciones de ningún tipo, a la satisfacción de la líbido. Parábola ciertamente incendiaria bajo cuya superficie se articula un discurso crítico que se dirige a la miga del funcionamiento social y cultural, al que se acusa de limitar, castrar o directamente negar signos identitarios esenciales de la naturaleza humana —discurso que, curiosamente, comparte con el primer cine de Peter Weir, curiosa simetría que daría para un largo análisis—. Las ansias expresivas de Cronenberg, empero, no se limitan a ese aparato discursivo, antes bien reclaman su valor y sentido en la forma absolutamente escabrosa, inquietante, chocante, en que se concretan en el texto y en las imágenes esos conflictos dramáticos y fantásticos en los que anida lo filosófico: es un error, y por cierto muy socorrido, deslindar la pertinencia de la vis intelectual del cine de Cronenberg de esas imágenes truculentas, repulsivas desde las que en definitiva emerge y que, por tanto, resultan indisociables de aquélla.
   De la misma forma que muchos detectan cierta torpeza en las maneras narrativas desplegadas por Cronenberg en la película —algunas fruto de las muchas limitaciones presupuestarias—, le encuentro en cambio a Vinieron de dentro de…no pocos elementos de interés que la hacen trascender ese mero estadio de ensayo o borrador de posteriores logros (que también) para erigirse en una cinta de terror bien conseguida, que puede alardear de un magnífico sentido de lo atmosférico en la utilización de los espacios escénicos [que tienen como coda esos pasillos interminables de moqueta roja que a Caviario le recuerdan, o más bien debería decir que prefiguran, los del Hotel Overlook de la posterior El resplandor (1980)], y que se balancea muy sabiamente entre lo visceral y una glosa alegórica resuelta con soterrado pero constante cinismo, desplegando ese argumento explosivo con suma astucia, gestionando los mecanismos del suspense en su primera parte (donde lo inquietante comparece ya a través de esas primeras definiciones de los trastornos orgánicos/visualizaciones de los repugnantes parásitos, o en secuencias fuertes, contundentes, como la que nos muestra, sin mediar palabras, ni gritos, ni sonido, el asesinato de aquella chica vestida de colegiala a manos de un médico —cuando aún no sabemos ni que él es un mad doctor ni que ella es su conejillo de indias— para llevarlos a la eclosión en una segunda mitad de metraje en la que Cronenberg se las apaña para poner en concierto narrativo a muchos personajes a través de un crescendo episódico virulento que en su estructura no se ciñe al convencional desarrollo partiendo de un único hilo conductor (el del médico protagonista, el Dr. Saint Luc), sino que destaca por su habilidad en la concatenación de sucesivas set-piéces a menudo resueltas por la vía elíptica (como por ejemplo el desconcertante momento en el que una madre y su hija pequeña son asaltadas en el ascensor por un infectado que está devorando un trozo de carne fresca, o el asalto al piso del matrimonio de ancianos).
   Semejante mosaico acumulativo de personajes como piezas desgajadas alcanzará el encaje en la gozosa secuencia de la piscina, que culmina los propósitos alegóricos (la negación de la posibilidad del protagonista de huir) a través de las últimas de muchas imágenes de impacto que contiene la película, principalmente ese chapuzón fatídico rodado al ralentí, y en el que el sufrido St Luc es arrojado a los brazos de su enfermera, que curiosamente había sido antes su amante —y a la que, también curiosamente, él no le hacía demasiado caso— y ahora se erige en la monstruosa belleza que la va a arrebatar la cordura para siempre. Cuando, en el epílogo de la función, ese plano nos muestra los diversos vehículos saliendo del aparcamiento en busca de nueva carne fresca, no podemos por menos que imaginarnos la sonrisa complacida (que no complaciente) de Cronenberg, al haber liberado su criatura, la primera que lanza, desde el apasionante territorio de sus ideas, al mundo exterior. El virus reina.•
 
Sergi Grau

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