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TENEBRE (1982, DARIO ARGENTO)

TENEBRE (TENEBRAE, 1982)

Tenebre (1982) surge de un hecho real protagonizado por Dario Argento. Durante una estancia en Los Ángeles sufre el acoso de un admirador que primero bombardea con llamadas telefónicas y a continuación se las ingenia para presentarse allá donde se encuentre. Harto, después de un mes de atosigamiento, se traslada en busca de tranquilidad a Santa Mónica, pero el fan fatal reaparece, y es entonces cuando el apabullado cineasta decide volver a Italia. En el verano de 1981 redacta el guión de, según algunos medios especializados, El giallo que acaba con todos los gialli. Y si bien es cierto que Tenebre regresa a los viejos y confortables escenarios de «Trilogía Zoológica» (1970-71) el estrujado subapartado por aquellos días, y más tras la aparición de Bahía de sangre (1971) o Rojo oscuro (1975), antes que moribundo está finiquitado. Después de sobrevivir a la inspección de las tierras del Mal, vuelve a los confortables decorados de los días de escuela, a las crónicas policíacas y a las conocidas calles de Roma. ¿La ausencia de los desaparecidos mentoresAlfred Hitchcock y Mario Bava y quizá cierta sensación de desamparo incitan al hijo pródigo a echar la vista atrás para permitir que la nostalgia dicte el registro del film? Sin duda.
   Como antaño, un escritor estadounidense, el misógino ultracatólico Peter Neal, viaja a Roma. Su llegada coincide con el salvaje asesinato de una ladronzuela a manos de un matarife que con todo detalle copia los métodos descritos en la última novela del visitante. Este crimen será el primero de una sangrienta lista inquietantemente sujeta a la obra literaria. Pese a la visible similitud argumental, y al desparrame de familiares particularidades, sobre el papel, Tenebre anuncia palpitantes transformaciones ligadas a la fusión de asesinato y ficción y transgresiones respecto a la figura del héroe. Al contrario que en El pájaro de las plumas de cristal (1970) y sus complementos, conscientemente se muestra al protagonista como un lelo apenas interesado en las fechorías por la relación que guardan con su obra, o al menos esto es lo que el cineasta pretende que creamos, pues, pese a no ser inteligentemente evidenciada, la obsesión llega a tal extremo que despierta unos impulsos asesinos que inspiran un sangriento festín celebrado tras la destrucción del primer matarife, el crítico literario Christiano Berti. La presencia de dos asesinos, imitador el uno de los cuadros descritos por el otro en sus libros, proporciona una interesante ambigüedad a un conglomerado que en su colofón, en rauda metamorfosis, inesperadamente honra a Psicosis (1960), organizando una empapada performance conducida por un risible contrincante de Norman Bates. La metamorfosis de Neal en un personaje de la pieza de Hitchcock no es exclusiva, pues antes de ser asesinado a plena luz del día por la mano de su amigo en una plaza, el agente literario Bullmer, sombrero detectivescozarrapastroso incluido, parece colocarse el antifaz de Milton Arbogast y aceptar un ajusticiamiento detallado en una serie de estampas que aspiran a evocar la magna planificación del asesinato en las escaleras de la casa Bates. Míseras fortunas a un lado, el tramposo desenlace, con su explosión de sangrienta violencia liberadora, resulta, qué duda cabe, el segmento más notable, y verdaderamente reconocible, de un thriller rudimentario que diríase aspira a reescribir con ínfulas El gato de las nueve colas (1971), armado con una petulante moral de best-seller engreído. Por desgracia, las indudables ambiciones primarias del proyecto apenas se advierten en un timorato artefacto nacido a destiempo y saturado de confusionismo ilustrativo y tramposo clasicismo, mal gestionado por un realizador en sorprendente baja forma que, privado de su dosis de paranoia, certifica lagunas y corrompe internamente con la saturación de impostados tics inherentes al carácter de sus imitadores. Similar a las numerosas falsificaciones la película cae incluso en la característica exhibición de aquellas de un zafio recochineo erótico que eso sí paradójicamente consiente la concreción de uno de los cuadros más perturbadores, el primer flash-back representado en la playa que remiten al despertar del crimen en el enloquecido Neal.
   Argento, parece mantenerse al margen observando un tanto apático la evolución de una de esas crónicas realistas que tan poco le motivan, y divertirse únicamente con la muestra de unos homicidios no por agresivos menos rutinarios que el resto de la cinta, o con la ostentación de un poderío ahora aletargado conduciendo la cámara y que faculta, aun así, la conquista de un majestuoso instante como el ejercicio de acrobacia de casi tres minutos que preludia al asesinato en su domicilio de las dos amantes, capturado con la ayuda de la entonces novedosa grúa Louma, el voyeur recorrido por las ventanas de la fachada hasta descansar sobre las manos del matador. La cinta, afín al temperamento de la novelucha policiaca cafre, con la distinción del desenmascaramiento de Neal, excluye el perseverante descenso a los avernos. Así, la encarnación del Mal, más allá de las figuras de la pareja depsycho killer, la representa un enloquecido dóberman que acosa a la joven Maria, la protagonista de la sequenza lunga, una de las más conseguidas del conjunto.
   Tenebre se levanta en torno a una cita de Conan Doyle que bien podría resumir algunos aspectos de la filmografía del autor, y sin duda de prácticamente todos losgialli: «Cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad». Las feroces tramas enrevesadas, la saturación de pistas falsas y los giros inesperados que singularizan el subgénero y atrapan, en sus más logradas manifestaciones, a un público que durante la proyección se devana los sesos intentando descubrir la identidad del matarife de turno, parecen seguir con escrúpulo la sentencia del papá de Sherlock Holmes. Procurando atarse constantemente a la máxima, la película revuelve un argumento en el que Peter Neal es el núcleo del que brotan ramificaciones que no consiguen asentarse debido a su rutinario esquematismo. Habida cuenta de que el largometraje, de la mano de una jactancia visual malograda, se respalda en un texto que debe administrar complejas cargas de complejidad, los abundantes cabos sueltos y el esqueleto cuasi episódico mal encarado sustraen suficiencia. Es pues, este, tal vez, el film más frustrante de Dario Argento por cuanto encierra meritorias y alucinantes progresiones respecto a una etapa preliminar clausurada que bien encauzadas efectivamente podrían haber asestado el golpe de gracia al giallomientras abrían vías renovadas en su filmografía.•
Ramón Alfonso

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