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LA LEGIÓN DE LOS HOMBRES SIN ALMA (WHITE ZOMBIE, 1932). Dtor.: Victor Halperin.

LA LEGIÓN DE LOS HOMBRES SIN ALMA (1932, WHITE ZOMBIE)
Siendo como es La legión de los hombres sin alma (1932) la primera película en la que se trataba el tema de los ritos vudús relacionado con el de los «muertos vivientes» no deja de sorprender que su situación respecto a otros títulos de dimensiones parejas (Drácula, El hombre-lobo, etc.) hayan sobrevivido mejor al imaginario colectivo que el film del director de origen judío Victor Hugo Halperin. Su carácter «maldito» es debido a su particular temática repleta de tabúes y supersticiones, que muchos historiadores han querido desmitificar, no sin razón, en algunos casos. Su tono hiperrealista se nota ya desde un principio cuando un carruaje en plena noche asiste sin querer durante su recorrido a un entierro de muertos en las carreteras, ya que sus familiares tienen miedo a los llamados «ladrones de cadáveres», asimismo conocidos como «profanadores de tumbas». Situada en la India Occidental, White Zombie (al que muchos identifican con el famoso grupo de Heavycapitaneado por el futuro realizador Rob Zombie), muestran en ese lapso de tiempo, tras el entierro, cómo unos ojos misteriosos persiguen con su mirada a la pareja protagonista. Un recurso empleado en su secuela y que logra enfatizar el aspecto tenebroso e inquietante de Béla Lugosi como misterioso «hombre del vudú», al que atiende al nombre de Legendre, tan lúgubre y descuidado como la casa del doctor Charles Beaumont, el maestro de ceremonias, que acoge a la pareja protagonista. Un palacio situado en un acantilado gigantesco donde se practica la hipnosis que dejará a varios «no muertos» trabajando sin descanso, en campos y refinerías de azúcar próximas al lugar, como si de esclavos se tratara. Los decorados del acantilado y de la mansión subyacen de modo estático y barroco para dar la profundidad necesaria al lugar inalcanzable e inaccesible, donde el suicidio de la protagonista Madeleine está a punto de producirse. La llegada de «los ángeles de la muerte», en palabras del propio Lugosi, prefiguran la mirada lánguida y circunspecta de aquélla, dándose un aire a lo Betty Boop, un rostro frágil que recuerda a dicho personaje animado y que finalmente, merced a su amor eterno, logra zafarse de la amenaza hipnótica del inquietante «maestro de la muerte» Un final tan antológico como onírico, tan fantasmal como pernicioso.•
Àlex Aguilera
         

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