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HALLOWEEN III: EL DÍA DE LA BRUJA (1982, HALLOWEEN III: SEASON OF THE WITCH)

Tras los resultados nada alentadores de la secuela oficial de La noche de Halloween (1978), Halloween II (en nuestro país se estrenó con el genérico título de Sanguinario), John Carpenter decidió dar por zanjado al personaje inquietante de Michael Myers, toda vez que escapa del centro mental en el que estaba confinado. No se sabe bien cómo, la idea de ejecutar una tercera entrega con un signo distintivo y aislada de cualquier semejanza con la anterior, surgió de la propia mente de Carpenter, queriendo sacar tajada a la vez de la festividad de Todos los Santos y de sus posibilidades en el mundo anglosajón, más tarde exportado a otros confines, como el español.En realidad, su pensamiento estaba puesto en la figura de Nigel Kneale, artífice de la saga sobre Quatermass en los años cincuenta y sesenta, amén de ser un escritor de prestigio en la sociedad británica. No en vano, Carpenter utilizó el apellido de aquel como pseudónimo en alguna ocasión. A él se dirigió para que trabajase en el proyecto de Halloween III: Season of the Witch, con aproximaciones constantes en cuanto al tratamiento del guión y en el eje central de la trama. Sin embargo, las discrepancias entre ambos serían notorias y, finalmente, se autoexcluyeron de los títulos de crédito finales.Tommy Lee Wallace, compañero de generación de Carpenter, Nick Castle y Debra Hill (productora) fue el director elegido para condensar esa amalgama de ideas que ambos genios del cine de anticipación (véase 1997; Rescate en Nueva York y Quatermass II) habían iniciado. Ya hemos hablado, pues, de Halloween III como una falsa secuela, un film ‘isla’ cuyo único propósito era inaugurar una serie anual de películas entorno a la Fiesta de Halloween, con guiones independientes unos de otros. La suerte estaba echada, mientras que Lee Wallace se devanaba los sesos para dar coherencia a una magnífica situación de partida: los niños sucumben ante un anuncio que avisa reiteradamente sobre la llegada de la tradicional fiesta del 31 de octubre. Una pegadiza cancioncilla –extraída al parecer del popular London Bridge sajón- que aparece y suena de forma subliminal en buena parte de los televisores de los hogares norteamericanos, será el leitmotiv de una extraña cinta, que ha pasado a convertirse en una auténtica cult movie. En ella, aparecen elementos rituales, de ancestros celtas, tradiciones Druidas que pretende recuperar Conal Cochran (Dan O’Herlihy, recuperando su rol de El gabinete del Dr. Caligari), el máximo exponente de una fábrica de máscaras de Halloween situada en una pequeña población del Norte de San Francisco.Acontecimientos inexplicables que se suceden a lo largo del metraje del film, que parecían dispuestos a captar la atención de espectadores que no veían por ninguna parte al asesino Michael Myers ni a su afilado cuchillo, aunque sí un final estirado hasta la saciedad. En su lugar, se encontraron –los pocos que pudieron verla, puesto que la Universal la retiró a las pocas semanas de los cines donde se exhibió- con un contexto totalmente diferente: una fábrica de máscaras de látex en cuya parte trasera se escondía un chip que contenía a su vez el trozo de una pieza ancestral robada, nada menos que de Stonehege. Este modo de destruir un mito, a partir de la búsqueda de las raíces de la fiesta en sí, trasciende hasta un mundo que contempla desde las maquinaciones en el prólogo de La noche del demonio (1957, Jacques Tourneur) hasta el satanismo incrustado en el cine de Fisher (The Devil Rides Out) pasando por toda una legión de obras dedicadas a rituales ligados al atavismo. De cualquier forma, Halloween III: Season of the Witch responde a un intento loable por combinar esas prácticas divinas con la modernidad de los ordenadores, de aquí la incursión de la robótica como vehículo de sustitución. Ejemplar resulta en este caso, la escena en la que la pareja protagonista (Tom Atkins y la debutante Stacey Nelkin) maltrecha a un maniquí-robot que está cosiendo con suma precisión.Sin caer en la absurdidad y la incoherencia a la que muchos admiradores de la saga Halloween se refirieron, decir que este film por sí solo merece una atención más allá de cualquier manifestación de oportunismo en su equívoco título. Dejando a las claras de que, pese a adustos y también vanguardistas efectos de maquillaje de Tom Burman -hoy en día superados- cabe una lectura sistematizada de los efectos subliminales de la publicidad en una sociedad influenciada por los estereotipos de una fiesta que no responde a los cánones iniciáticos, donde niños y animales eran sacrificados esa misma noche por los propios difuntos. Una tergiversación en toda regla es lo que resta de aquella cruenta tradición. Àlex Aguilera

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