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AMITYVILLE II: LA POSESIÓN (1982)

AMITYVILLE II: LA POSESIÓN (1982, DAMIANO DAMIANI)

COMENTARIO: Cuando el profesor Ángel Gómez Rivero hablaba de la tipología A, referida a las casas encantadas vivas como casas diabólicas que sobreviven merced a ellas mismas. Da igual que contengan fantasmas. Cuando éstos desaparecen, la vivienda ha de seguir siendo maldita reclamando nuevas víctimas que la alimenten. Es el tipo de vivienda más peligroso y menos abundante. Poco o mucho dirigía su pensamiento en Amityville. Caserón colonial surgido de los recortes de periódico de los años setenta y que acabaría siendo un libro de éxito difuso –en nuestro país apenas es conocido-, Murders in Amityville, merced a los acontecimientos brutales que allí se cometieron.

En algún lugar recóndito de ese testimonio escrito tendría su génesis un film inspirado a su vez en una primera novela, El terror vuelve a Amytiville, de Jay Anson; esta vez sí, con un éxito que lo acercaría al best-seller. He aquí una pequeña confusión al respecto que suele trastocar al más pintado de los mortales: ¿cómo una segunda parte puede no parecerlo en su orden justo?

La respuesta está en la misma producción. Si Terror en Amityville, rodada y estrenada en 1979 era una fiel adaptación del libro de Anson; la posterior Amityville II: La posesión lo sería a su vez del libro anterior de Hans Holzer, La casa endemoniada. Por tanto, se trataba en realidad de una precuela ad hoc. Cambiando a la familia de origen trasalpino De Feo por los Montelli, Amityville II precede en el tiempo, pues, en 1974, a la matanza indiscriminada de aquella otra familia.

En verdad, pudiera parecer la misma historia, pero aquí, Dino de Laurentiis a la cabeza, quiso dotar a su film de elementos que no convergían en esa primera aproximación a la ‘casa encantada’ por excelencia del cine norteamericano de esa década. Para ello, se rodeó de técnicos de procedencia italiana, conocedor de que su proyecto llevaría aún con mayor fuste su inconfundible sello. Damiano Damiani al frente como realizador experimentado (films políticos como Yo soy la revolución o flirteando con el fantástico Las diabólicas del amor); Franco diGiacomo, como operador;  y, en labores, no acreditadas, como guionista el avezado Dardano Sachetti, serían la punta de lanza de ese equipo al abrigo del influyente producer.

Lo que denota un sentido fantasmagórico a la cinta no es su sentido del susto fácil con clichés y estereotipos, sino su consideración en no mostrar aquello que la gente quería ver en pantalla. Por tanto, se eligió el camino de lo subliminal, lo intangible, lo subyacente. Eso sí, en una primera parte, de una puesta en escena incluso superior a la primera entrega de la serie.

Sandor Stern, guionista de ésta no tenía la misma visión que Tommy Lee Wallace, nombre propio del fantástico ligado a Carpenter y a trabajos en solitario (Halloween 3), recabado por De Laurentiis para pulir un guión repleto de recovecos y situaciones difíciles de resolver. En este aspecto, Amityville II: The Possession mantiene su pulso en todo instante, desde la llegada escalonada de los Montelli a la recién adquirida casa con ventanas que parecen ojos al acecho, hasta la posesión del hijo de la familia y de otro miembro de su entorno. Pero, ¿qué es lo que hace realmente diferente a ambas cintas? A decir verdad, todo y nada. La estructura se mueve a diferentes escalas, puesto que en Amityville II ocurren más cosas, se muestran en mayor medida (pínceles sobreimpresionando blasfemias, objetos volando estilo Poltergeist, crucifijos cubiertos por una sábana blanca, …) sin tener que aparentar una normalidad relativa. En este aspecto, resulta mucho más valiente y convincente que esa segunda historia paralela. Lo que sí escuchamos de fondo en las dos es la partitura del argentino Lalo Schifrin, un prodigio de creador de atmósferas sonoras que dio en la clave en ambas, ayudando al espectador a entrar en situación.

En ese estado de excitación que provocan las corrientes provenientes del sótano profanado –curiosamente, idéntica explicación que los fenómenos paranormales escritos por Steven Spielberg en la citada Poltergeist de ese mismo año 1982- por un antiguo cementerio indio, Damiani infunde un valor de intensidad quizá excesivo en una segunda parte de la cinta que acaba en la evidente posesión demoníaca descubierta ya en el subtítulo del film. Si bien, toda ella es ejecutada en un proceso lento pero sincopado en la piel del ejecutor de su propia familia, Sonny. La transformación que sufre el enfermizo e incestuoso (la relación con su hermana es más que evidente) adolescente convertido en la encarnación de un ser abominable y demoníaco merece un reconocimiento en la persona del también italoamericano John Gaglione, Jr. y su equipo, incluso al mismo nivel que el ejecutado por Rick Baker en Un hombre-lobo americano en Londres.

Por último, apuntar que esta versión –íntegra- que tenemos la ocasión de disfrutar más allá de prejuicios varios, en inglés –en su lengua original- contiene todo el memorándum de escenas en una calidad superior, con sus tráilers correspondientes de la época –tanto en italiano como en inglés-. Hay que tener en cuenta que Amityville II nunca se estrenó en salas en nuestro pañis, únicamente la conocemos de su edición videográfica, de algún lejano pase televisivo y, los más afortunadas, de su proyección en 1983 en el Imagfic madrileño.

Mención especial para tres actores de carreras distintas. El primero, el sacerdote que topa con la Iglesia, James Olson, visto en La amenaza de Andrómeda; el segundo Burt Young, secundario de lujo que encarna al padre irascible de la familia Montelli; y, finalmente, Rutanya Alda, un descubrimiento que cayó pronto en el olvido, como la madre abnegada que recuerda a la Vera Farmiga de Expediente Warren, todo un homenaje a esa serie que declinó a partir de la cuarta entrega. Sin olvidar a los característicos Moses Gunn y Andrew Prine en roles más discretos. Es por ello, que nos hemos centrado en los dos mejores filmes de la longeva saga.

Àlex Aguilera

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